El Estudio de las Ciencias Sociales

Estudiar Ciencias Sociales

 

A lo largo de este año, vas a estudiar temas y problemas relacionados con el presente y el pasado de la Argentina.

Uno de los objetivos más importantes de las Ciencias Sociales es ayudarte a conocer y comprender las relaciones que existen entre el pasado y el presente de la sociedad. Esto es muy importante para poder explicar la organización actual de nuestro país y conocer las causas de los problemas y los conflictos de la realidad contemporánea.

 

 

LA HISTORIA: PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE EL PASADO DE LA SOCIEDAD

 

El pasado en el presente

Aunque tal vez no lo hayas notado, todo el tiempo nos hacemos preguntas sobre el pasado. ¿A qué aluden los nombres de las calles?, o bien, ¿qué hicimos ayer?, ¿por qué lo hicimos?, ¿qué resultados tuvo lo que hicimos? Y no sólo eso.

También nos cuestionamos acerca de las acciones de los otros y de los efectos que eso ocasiona. Por ejemplo, ¿por qué nuestro amigo se olvidó de nuestro cumpleaños? Reflexionamos sobre el pasado buscando respuestas para estas y otras preguntas porque  sabemos que, al menos en parte, ello nos permite saber quiénes somos, por qué somos como somos y por que estamos como estamos.

 

Las preguntas de los historiadores

Así como todos nos hacemos preguntas sobre el pasado, los historiadores se dedican a investigar qué fue lo qué pasó en el transcurso del tiempo. ¡Atención! Ellos no aprenden de memoria cada uno de los sucesos, ¡eso sería aburridísimo! Los historiadores se formulan preguntas acerca del pasado para encontrar explicaciones. Por eso, buscan causas, es decir, intentan comprender por qué sucedieron los hechos. También analizan las consecuencias, o sea, qué cosas se modificaron y cómo a partir de esos hechos. Y al hacer este trabajo, observan que muchas cosas cambiaron bastante, algunas menos, y otras, en cambio, se mantuvieron casi sin alteraciones.

Cuando los historiadores deciden estudiar un tema, lo primero que hacen es leer toda la bibliografía al respecto.

 

 

LA GEOGRAFÍA: SU LUGAR EN LAS CIENCIAS SOCIALES

Del conjunto de múltiples temas y problemas que estudian las ciencias sociales, la Geografía se ocupa especialmente de los vinculados con el territorio y con el ambiente.

Muchas veces suele pensarse que la tarea principal de los geógrafos es la construcción de mapas o la elaboración de atlas, y que sus conocimientos tratan sobre los ríos, las montañas, el clima. Si bien es cierto que los geógrafos utilizan mapas y planos, y trabajan con información referida a los elementos de la naturaleza, su tarea abarca mucho más que eso. El objetivo principal es comprender y explicar las relaciones entre la sociedad y la naturaleza y también las formas en que la sociedad construye y organiza el territorio. Algunas de las preguntas de los geógrafos tratan de responder con sus estudios son, por ejemplo: ¿Qué recursos naturales se utilizan un territorio? ¿Por qué un área de selva se transforma en un área de cultivo? ¿Cómo están organizadas las ciudades? ¿Cómo vive la población de un lugar? ¿Cómo está organizada la red de transporte de una región?

Los trabajos de los geógrafos permiten conocer cómo se van transformando, a lo largo del tiempo, los territorios donde habita una sociedad; por ejemplo, estudian qué elementos del paisaje permanecen y qué elementos cambian, quienes llevan a cabo las nuevas construcciones de un lugar, por qué lo hacen, etc.

También los trabajos de los geógrafos ayudan a entender las acciones de aquellos grupos de personas que participan en la construcción de los territorios. Así, estudian las razones que llevan, por ejemplo, a los representantes del gobierno provincial a construir un puente, asfaltar una ruta o ayudar, a través de distintos proyectos, al desarrollo de la agricultura o la actividad pesquera.

Para realizar sus estudios, los geógrafos muchas veces viajan al área en cuestión, toman fotografías, recogen información de los pobladores, buscan otros datos en libros y documentos, consultan y elaboran mapas y planos, interpretan la información numérica, etc. Luego procesan toda esta información y redactan informes en los que comunican los resultados.

 

Los seres humanos dejamos huellas

El estudio del pasado no es una tarea sencilla. ¿Cómo hacen los historiadores para reconstruir el pasado, si no fueron testigos de los hechos que estudian?

En sus investigaciones, estos profesionales recurren a los testimonios o huellas que dejaron los hombres que vivieron antes que nosotros. ¿Te imaginás cuáles pueden ser? Pues bien, con sólo observar a nuestro alrededor, podemos enumerar una gran cantidad de elementos producidos por nuestros antepasados. Por ejemplo, una carta de amor de la abuela, la carpeta de clases de papá, un álbum de fotos familiar, el monumento a un proceso, y muchas cosas más. Los historiadores llaman fuentes a todos estos rastros que se emplean para reconstruir el pasado.

 

Fuentes de todo tipo

Como acabamos de ver, existen diversos tipos de fuentes. Éstas pueden ser: restos materiales como edificios, ropa, vasijas o muebles; documentos escritos, como libros, cartas y telegramas; fuentes orales, como los relatos de testigos de algún hecho del pasado, y fuentes audiovisuales, como pinturas, fotografías y videos.

¿Qué fuentes conviene utilizar? Ello varía con el tema que el historiador estudie y con las preguntas que se formule respecto de él. Por ejemplo, para comprender las inquietudes que tenía San Martín mientras preparaba el cruce de la Cordillera de los Andes, de nada serviría analizar los pianos y las partituras de las canciones que se escuchaban en esa época. En cambio, sería más útil examinar la correspondencia que San Martín envió y recibió durante ese período.

 

Un trabajo con varios pasos

Los historiadores, pues, no sólo deben definir el tema y las preguntas que desean resolver, sino que tienen que buscar las fuentes apropiadas para abordar su trabajo. Luego, es necesario que elaboren respuestas para sus interrogantes. Finalmente, deben escribir lo que descubrieron acerca del pasado.

 

Representar el tiempo

Para estudiar los hechos del pasado y tratar de comprender por qué sucedieron, es importante ubicar estos hechos en el tiempo. Una forma de realizar esta tarea es construir una línea del tiempo en la que se ordenan los hechos de acuerdo con la fecha en la que ocurrieron. De esta manera, se puede organizar una cronología. Una cronología ordena qué hechos sucedieron antes y qué hechos sucedieron después.

CUENTO DE HORACIO QUIROGA – EL LOBIZÓN

EL LOBISÓN, por Horacio Quiroga

Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo al fin tan cargante que dejamos de hablar, mirando vagamente a todos lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.

            —¿Tiene miedo? —le preguntamos.

            —¡Miedo! ¿De qué?

            —¡Tendría que ver! —se rió Casacuberta—. A menos…

            Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno de los perros que dormían, se había levantado sobre las patas delanteras, con un gruñido sordo. Miraba inmóvil, las orejas paradas.

            —Es en el ombú —dijo el dueño de casa, siguiendo la mirada del animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros, nos impedía ver nada. Dingo se tranquilizó.

            —Estos animales son locos —replicó Casacuberta—, tienen particular odio a las sombras…

            Por segunda vez el gruñido sonó, pero entonces fue doble. Los perros se levantaron de un salto, tendieron el hocico, y se lanzaron hacia el ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza. Enseguida sentimos las sacudidas de la lucha.

            Las muchachas dieron un grito, las polleras en la mano, prontas para correr.

            —Debe ser un zorro: ¡por favor, no es nada! ¡toca, toca! —animó Casacuberta a sus perros. Y conmigo y Vivas corrió al campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.

            —¡Es un chancho de casa! —gritó aquél riéndose. Yo también me reí. Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el animal pasó delante de él, lo mató de un tiro.

            Con razón esta vez, los gritos femeninos fueron tales, que tuvimos necesidad de gritar a nuestro turno explicándoles lo que había pasado. En el primer momento Vivas se disculpó calurosamente con Casacuberta, muy contrariado por no haberse podido dominar. Cuando el grupo se rehizo, ávido de curiosidad, nos contó lo que sigue. Como no recuerdo las palabras justas, la forma es indudablemente algo distinta.

            —Ante todo —comenzó— confieso que desde el primer gruñido de Dingo preví lo que iba a pasar. No dije nada, porque era una idea estúpida. Por eso cuando lo vi salir corriendo, una coincidencia terrible me tentó y no fui dueño de mí. He aquí el motivo.

            Pasé, hace tiempo, marzo y abril en una estancia del Uruguay, al norte. Mis correrías por el monte familiarizándome con algunos peones, no obstante la obligada prevención a mi facha urbana. Supe así un día que uno de los peones, alto, amarillo y flaco, era lobisón. Ustedes tal vez no lo sepan: en el Uruguay se llamaba así a un individuo que de noche se transforma en perro o cualquier bestia terrible, con ideas de muerte.

            De vuelta a la estancia fui al encuentro de Gabino, el peón aludido. Le hice el cuento y se rió. Comentamos con mil bromas el cargo que pesaba sobre él. Me pareció bastante más inteligente que sus compañeros. Desde entonces éstos desconfiaron de mi inocente temeridad. Uno de ellos me lo hizo notar, con su sonrisita compasiva de campero:

            —Tenga cuidao, patrón…

            Durante varios días lo fastidié con bromas al terrible huésped que tenían. Gabino se reía cuando lo saludaba de lejos con algún gesto demostrativo.

            En la estancia, situado exactamente como éste, había un ombú. Una noche me despertó la atroz gritería de los perros. Miré desde la puerta y los sentí en la sombra del árbol destrozando rabiosamente a un enemigo común. Fui y no hallé nada. Los perros volvieron con el pelo erizado.

            Al día siguiente los peones confirmaron mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire, es porque el lobisón invisible está ahí.

            Bromeé con Gabino.

            —¡Cuidado! Si los bull-terriers lo pescan, no va a ser nada agradable.

            —¡Cierto! —me respondió en igual tono—. Voy a tener que fijarme.

            El tímido sujeto me había cobrado cariño sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema para oírme hablar y reírse hasta las lágrimas.

            Un mes después me invitó a su casamiento; la novia vivía en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la fama de Gabino, no creían, sobre todo ella.

            —No cree —me dijo maliciosamente. Ya lejos, volvió la cabeza y se rió conmigo.

            El día indicado marché; ningún peón quiso ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocía. Como el padre de la novia era hombre de toda confianza, habían decidido ir, divirtiéndose con la escapatoria. Les conté la terrible aventura que corría la novia con tal marido.

            —¡Verdad! ¡La va a comer, mamá! ¡La va a comer! —rompieron las muchachas.

            —¡Qué lindo! ¡Va a pelear con los perros! ¡Los va a comer a todos! —palmoteaban alegremente.

            En ese tono ya, proseguimos forzando la broma hasta tal punto que, cuando los novios se retiraron del baile, nos quedamos en silencio, esperando. Fui a decir algo, pero las muchachas se llevaron el dedo a la boca.

            Y de pronto un alarido de terror salió del fondo del patio. Las muchachas lanzaron un grito, mirándome espantadas. Los peones oyeron también y la guitarra cesó. Sentí una llamarada de locura, como una fatalidad que hubiera estado jugando conmigo mucho tiempo. Otro alarido de terror llegó, y el pelo se me erizó hasta la raíz. Dije no sé qué a las mujeres despavoridas y me precipité locamente. Los peones corrían ya. Otro grito de agonía nos sacudió, e hicimos saltar la puerta de un empujón; sobre el catre, a los pies de la pobre muchacha desmayada, un chancho enorme gruñía. Al vernos saltó al suelo, firme en las patas, con el pelo erizado y los bellos retraídos. Miró rápidamente a todos y al fin fijó los ojos en mí con una expresión de profunda rabia y rencor. Durante cinco segundos me quemó con su odio. Precipitóse enseguida sobre el grupo, disparando al campo. Los perros lo siguieron mucho tiempo.

            Éste es el episodio; claro es que ante todo está la hipótesis de que Gabino hubiera salido por cualquier motivo, entrando en su lugar el chancho. Es posible. Pero les aseguro que la cosa fue fuerte, sobre todo con la desaparición para siempre de Gabino.

            Este recuerdo me turbó por completo hace un rato, sobre todo por una coincidencia ridícula que ustedes habrán notado; a pesar de las terribles mordidas de los perros —y contra toda su costumbre— el animal de esta noche no gruñó ni gritó una sola vez.

 

Publicado originalmente en Caras y Caretas, el 14 de julio de 1906.
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